Apenas podía conciliar el sueño cuando apareció ante mí un ser que jamás había visto, tenía cuatro paras y por su aspecto hubiera jurado que era un perro, o por su tamaño un lobo, por color sería albino o nordico pues su pelaje era de nieve calida y sus dientes, afilados y relucientes como el acero ante la luz lunar que alumbraba temerosa la escena…
¿Sería yo la nueva caperucita aterrada en ese insólito bosque o simplemente era una pesadilla provocada por mis experiencias y lecturas?
Atónita e inmóvil permaneci a observar el espectáculo que había ante mi, en mi presencia inquieta, y, cuando parecía estar todo tranquilo, el animal cobró una postura homínida y apareció tras de mi en un simple pestañeo, y me mordió en lo que denomino, “tu inocente aunque a su vez recurrente cuello”…
Desde entonces no he vuelto a probar esas deliciosas comidas que hacia anteriormente, antes de aquello, de aquella noche…
No hay comentarios:
Publicar un comentario